Izquierda Unida Extremadura

Opinión sobre temas de actualidad

España y Portugal. Respuesta a Manolo Monereo.

Por Miguel Manzanera Salavert, responsable del Área Programática y coordinador de Áreas de Izquierda Unida Extremadura

29 octubre 2013 |

Hay una indudable comunidad histórica entre las naciones que habitan el territorio de la península ibérica; proviene de su proximidad geográfica y sus intereses comunes. Del mismo modo, el Estado portugués y el español han evolucionado de una forma parecida desde su formación, incluyendo los acontecimientos del último siglo: la imposibilidad de una república avanzada en la primera mitad del siglo XX trajo el fascismo, y el agotamiento del fascismo en su segunda mitad llevó a la democracia representativa. Eso, en términos generales; pero si nos aproximamos con un poco más de detalle a los hechos, aparecen notables divergencias. Conviene tenerlas en cuenta.

En primer lugar, Portugal mantuvo una buena parte de su imperio hasta la revolución de los claveles (1975), situado principalmente en África; España se quedó sin el suyo a fines del siglo XIX (1898), excepto precisamente dos pequeñas posesiones en África. De ahí derivan las peculiaridades del salazarismo, el fascismo portugués; esa diferencia puede explicar el estancamiento del capitalismo portugués, acostumbrado a lucrarse de la explotación colonial. Y también puede ayudarnos a comprender la radicalidad de los acontecimientos portugueses cuando llegó la democracia: allí había que liquidar las colonias, esto es, ciertas formas de poder político superadas por la historia contemporánea. Desgraciadamente, no podemos decir lo mismo del fascismo, que vuelve a resurgir continuamente en la evolución del mundo moderno como forma transitoria de dominación capitalista.

En segundo lugar, Portugal acabó con la monarquía hace más de un siglo, en 1910, después de un atentado en el que murieron el rey y su heredero –el otro heredero quedó vivo, pero dimitió al cabo de dos años y se proclamó la República-. Por muy difícil que sea calibrar el valor político de la institución monárquica –y hay opiniones para todos los gustos-, algunas evidencias pueden ser puestas como fundamento para una argumentación plausible sobre el tema. En efecto, la institución monárquica tiene un claro carácter conservador, aunque solo sea desde el punto de vista simbólico –en las monarquías nórdicas, por ejemplo-. Pero además, el rey de España es el jefe del ejército, y si bien ese ejército ha intervenido apenas en la actividad política reciente, no menos cierto es que su presencia y su ideología ultraconservadora ha condicionado las decisiones políticas de los españoles. Mientras que el ejército portugués jugó un activo papel en la revolución democrática, como agente inductor de la transformación social, el ejército español dirigido por la monarquía es profundamente conservador y reaccionario. Añadamos que el rey es inviolable, lo que significa que está más allá de la ley y no puede ser juzgado por los tribunales; esto de por sí solo es ya un atentado contra la democracia. En consecuencia, como una tenia parasitaria del cuerpo social, la corrupción anida en la misma cabeza del Estado español y se propaga por todos sus miembros desde ese centro de difusión.

Cierto que la desigualdad social en el país hermano es similar a la nuestra; que sus índices de desarrollo humano y cultural son un poco inferiores a los nuestros; que el poder burgués es allí tan fuerte o más que aquí. Sin embargo, cuando uno sigue la política portuguesa, puede percibir que la corrupción está vigilada de cerca por las instituciones democráticas; situaciones que aquí pasarían desapercibidas, tienen en Portugal profundas repercusiones políticas. Aunque esa actitud solo sea en apariencia, según me indican los amigos portugueses, no menospreciemos el valor de los símbolos. Por otro lado, la productividad del trabajo es mucho menor, seguramente porque la explotación del trabajo no se produce con tanta intensidad. Pregunten a los empresarios españoles que intentan operar con mano de obra portuguesa, en el Alentejo por ejemplo.

En resumen: tomando en cuenta esas diferencias, no es fácil extrapolar las tendencias de la política portuguesa a los posibles futuros de la política española. No es posible afirmar que la relativa victoria del Partido Socialista en las elecciones municipales portuguesas significa que el PSOE se esté recuperando en nuestro país. Pues, las municipales son un tipo especial de elecciones; puede hablarse de una recuperación del PS –que ha vuelto a situarse por encima del 35% de los votos, bajando un punto y medio respecto de las anteriores elecciones municipales-; pero lo más significativo del resultado electoral no ha sido el crecimiento del PS, sino el hundimiento de la derecha en conjunto –cerca de 9 puntos por debajo de los resultados de las anteriores municipales, y muchos más respecto de las generales en que obtuvo el gobierno del Estado, pues ha perdido la mitad de los votos aproximadamente-. Esto es lo que la izquierda portuguesa ha celebrado y lo que con seguridad pasará también en las próximas elecciones europeas aquí en España.

No puede compararse el espectro político portugués con el español. No hay un bipartidismo similar al de nuestro país; esa afirmación es un error político, porque la derecha portuguesa no es un bloque monolítico, sino que está compuesta por dos partidos, PSD (Partido Social-Demócrata) y CDS-PP (Centro Democrático y Social- Partido Popular). Según los resultados electorales podría pasar incluso que el PS gobernara con el CDS-PP, como sucedió ya en el pasado; o bien, aunque esto es menos probable en la actualidad, podría darse un gobierno del PS con el PSD. Un gobierno de izquierdas del PS con el PCP (Partido Comunista Portugués) significaría una auténtica revolución para la cual el país todavía no está preparado; mucho menos el liberal-socialismo.

El PCP es una formación tradicionalmente mayoritaria en el Alentejo. En las elecciones generales no baja nunca del 7% de los votos y se mantiene cerca de un 10% del electorado portugués en las municipales, acercándose ahora al 12%. En el Alentejo ha obtenido mayoría en las cabezas de distrito de Beja, Évora y Setúbal, ganando tambiénen muchas otras cámaras municipales significativas. Muy diferente la izquierda española ha oscilado entre el 5% al 12% en diferentes elecciones. Similar a ésta el BE (Bloco de Esquerda) ha tenido subidas espectaculares en años pasados, quedándose en resultados más modestos en las últimas elecciones.

Las diferencias son importantes. Téngase en cuenta que el bipartidismo llegó a tener casi el 85% de los votos en las elecciones generales al parlamento español hace un lustro. Y eso teniendo en cuenta que el nacionalismo periférico -¡menos mal que existe!-, se lleva un poco más del 5% de los votos. A menos que consideremos el PCP como un partido representativo del Alentejo, nada parecido a un partido nacionalista existe en Portugal; y fuera de las elecciones a doble vuelta para Presidente de la República, a lo máximo que ha llegado el bipartidismo ha sido al 65% de los votos. Hablar, por tanto, de bipartidismo luso, y compararlo al caso español, es un tanto exagerado y confuso. Ni tampoco la estructura política resiste una comparación: allí no existen naciones en ruptura con el Estado centralista, ni una monarquía que garantice la existencia de un ejército ultraconservador.

En definitiva, no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo: esperemos los acontecimientos. Pero si hay que hacer apuestas, la mía está clara: el final de la monarquía borbónica es lo único que puede abrirnos un verdadero camino hacia el futuro. Entiendo que negar eso, si no son intereses particulares de políticos de carrera, es fruto de la desconfianza ante las actitudes involucionistas del electorado de clase media, y del temor a la violenta reacción de la ultraderecha española ante el peligro de perder sus privilegios seculares.